La infidelidad

Si hay un lugar donde todos, absolutamente todos, sufrimos las consecuencias de la neurosis propia y ajena, es el ámbito de nuestras relaciones de pareja. Nadie puede ocultar sus conflictos emocionales (miedos, rencor, dominio, dependencia, culpa, autodesprecio, vacío, egoísmo, agresividad...) en la cama. Y una de las consecuencias más frecuentes y dolorosas de ello es, sin duda, la infidelidad.

La infidelidad está cargada de prejuicios morales, ideológicos e incluso científicos. A menudo es también tratada por personas (artistas, intelectuales...) cuyas fuertes neurosis no hacen muy confiables sus ideas. Pero, en mi opinión y al margen de los distintos tipos y causas de infidelidad (1), podemos considerarla psicodinámicamente la expresión de algún tipo de fallo vinculativo entre las personas. Y los motivos de ello sólo podemos encontrarlos en la madurez psicoafectiva de los individuos y/o la "calidad" de las relaciones que establecen.

Los seres humanos aprendemos a vincularnos emocionalmente en la infancia. Vincularnos significa apegarnos, confiar, compartir, preocuparnos, cuidar de las personas que, a su vez, nos tratan de igual modo. Cuando estos lazos son felices y estables los llamamos apegos seguros, son esencialmente excluyentes (2) y fortalecen nuestra personalidad. Cuando son, por el contrario, débiles o ambivalentes, entonces favorecen personalidades inseguras y propensas a la frecuente ruptura / sustitución de relaciones. Por tanto, lo que llamamos "fidelidad" e "infidelidad" no es sino la "repetición" en la vida adulta del modo frágil o sólido con que logramos experimentar nuestros primeros lazos infantiles.

La infidelidad no depende de las circunstancias externas. Las "tentaciones" son inevitables y están por todas partes, pero todos "elegimos" consciente o inconscientemente lo que queremos hacer (¿acostarnos con alguien? ¿enamorarnos? ¿mantener una relación secreta?) en función del vigor de nuestro lazo principal y, como ya hemos dicho, de nuestra madurez personal (3). No existen los "deslices" ni las amistades "peligrosas". Incluso cuando nuestro amor se halla en crisis, una persona emocionalmente sana tenderá a afrontarla con responsabilidad para solucionarla cuanto antes. Una persona inmadura, en cambio, puede preferir escapar mediante la infidelidad... y después no entender lo sucedido.

Hay infidelidades que no son sexuales. Por ejemplo, algunas personas son infieles a su pareja no con otra pareja, sino cultivando vínculos prioritarios, p. ej., con sus padres, hermanos, hijos, trabajo, amigos, ex parejas, religión, etc. Así, cualquier relación o actividad que subordine la pareja a terceros, puesto que expresa un desapego relativo (consciente o inconsciente) hacia ésta, es psicodinámicamente una "infidelidad". Porque ya vimos que el amor es excluyente. Esto sucede especialmente en las personas que no logran aclarar sus prioridades afectivas, o no se atreven a "elegir" con todas las consecuencias su vínculo principal (4).

La infidelidad es, en suma, un síntoma de crisis, desvinculación o desamor. Expresa temporal o permanentemente la imposibilidad de establecer, conservar o reparar vínculos afectivos. Constituye también una defensa, una huida y una tapadera. Nada tiene que ver con la "traición", la "ofensa" o el "desprecio" a la pareja relegada. Las relaciones afectivas no son negocios ni contratos de propiedad.  La única forma de prevenir o solucionar cualquier infidelidad es descubrir la psicodinámica oculta que la motiva en cada caso.

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1. Hay un capítulo sobre ello en mi libro Amor consciente

2. Es decir, autosuficientes. No requieren "suplementos" o "distracciones" externas, del mismo modo que un niño bien amado no necesita más de una madre o padre, ni se entrega con facilidad a cualquier extraño. Por eso no podemos "amar" a varias parejas a la vez, y el amor parece "posesivo", y los celos forman parte natural de él. 

3. Véanse al respecto dos extraordinarias películas con reflexiones opuestas: Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999) y Closer  (Mike Nichols, 2004). 

4. Toda la sociedad contribuye a esto. Desde las crianzas sin amor y la "socialización" prematura en las guarderías, siguiendo con la atomización familiar, la guerra de sexos y la cultura del placer, la violencia y la tecnología, todo el sistema dificulta severamente, en efecto, no ya el que muchas personas aprendan a relacionarse, sino que ni siquiera puedan creer en el amor real. 

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright
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