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02 Agosto 2014

La carta de Pandora

Por JOSÉ LUIS CANO GIL
La indispensable Carta de Pandora publicada recientemente por Olga Pujadas me ha impresionado y me sugiere inmediatamente algunas reflexiones. No sé, puede que algunas de ellas puedan resultar algo "duras" para algunas personas. Pero correré el riesgo, confiando en que sean útiles para la mayoría de mis lectores.

Al leer la carta -una catarsis viva, real, totalmente distinta del lenguaje necesariamente intelectual que usamos al hablar del maltrato infantil como fuente de la neurosis-, he pensado en seguida en las catarsis emocionantes que realizan mis pacientes/clientes. Y se me ha ocurrido que quienes no viven tales experiencias, quienes simplemente leen, p. ej., a Alice Miller, hablan de crianza sana, teorizan sin cesar sobre el debido respeto a los niños, etc., etc., nunca llegan, en realidad, a captar exactamente la verdadera naturaleza del asunto. No es lo mismo, p. ej.,  ver en televisión un niño de Gaza muerto bajo las bombas, que estar a su lado en el mismo instante en que lo matan. En el primer caso, sentiremos horror, lástima, indignación moral, etc., todo ello en grado superficial y efímero, pues rápidamente nos distraerán los anuncios de perfumes y refrescos, etc. En el segundo, en cambio, abrumados por el pánico, los gritos, el ruido, la sangre, los olores, el fuego, la total confusión de la guerra, sufriremos un trauma psicoafectivo irreversible que nos cambiará la vida para siempre. Pues bien, lo mismo es la experiencia psicoterapéutica en relación con las teorías psicológicas. Ninguna "conciencia" intelectual de las cosas nos dará la menor idea de qué es el dolor y cómo se supera. Sólo la catártica travesía de nuestro infierno personal puede hacerlo.

Pero muchas personas no sólo no se atreven a realizar ese viaje, sino que usan las teorías psicológicas (o de otro tipo) precisamente como agarradero para no hacerlo. Por ejemplo, convierten a la propia Alice Miller -la única antiprofeta del Cuarto Mandamiento que conozco- en mera proveedora de sofisticadas intelectualizaciones sobre el maltrato infantil... precisamente para no tener que afrontar el propio maltrato sufrido. Algo parecido a leer obsesivamente manuales de natación para no lanzarnos a la piscina. También he observado que, incluso si los aficionados a la psicodinámica se animan finalmente a  realizar una terapia, muchos de ellos resultan, contra todo pronóstico, inesperadamente  resistentes a sí mismos. 

En el caso de las mamás y papás con ideales de crianza respetuosa, etc., sobre todo los que realizan psicoterapias para mejorar como progenitores, la necesidad de explorar sus infiernos íntimos es especialmente crítica. Nadie tiene ninguna posibilidad de criar amorosamente a sus hijos si no descubre y libera parcialmente los demonios (p. ej., ira, odio, culpa, tristeza, impotencia, desamparo, rencor, envidia, dominación, etc.) que lo corroen consciente o inconscientemente. Estos demonios no provienen del "pasado" (de la infancia, según afirman abstractamente los libros, razón por la cual muchos afirman que "no vale la pena" volver a ella), sino de adentro. Porque todo lo sufrido permanece vivo en mí, aquí y ahora, y así será siempre mientras no haga algo con ello.  Este esfuerzo liberador sólo puede realizarse con la ayuda (con suerte) de una buena psicoterapia. ¿Por qué una psicoterapia? ¿Por qué "con suerte"? Porque, desgraciadamente, la mayoria de amistades, parientes e incluso psicólogos de las víctimas...  ¡se ponen de parte de los verdugos!

La Carta de Pandora sólo es una muestra fugaz. Un grano de arena en el desierto del dolor humano. Y no es, desde luego, tan grave y perturbadora como algunas de las que, por desgracia, tengo que acompañar en mis consultas... Pero hiere, sin duda, el alma de cualquier terapeuta. Estoy dramáticamente convencido de que cualquier víctima, cualquier terapeuta, cualquier terapia que no estén dispuestos a abrir mínimamente la dolorosa "caja de pandora" (nunca mejor dicho) del sujeto, es esencialmente un truco de maquillaje. Más aún: cualquier psicoterapia que, con cualquier pretexto, evite cuestionar a los padres y sus nocivas acciones conscientes o inconscientes, es decir, pretenda "ayudar" al paciente exculpando de antemano a sus verdugos, es intrínsecamente tramposa y deshonesta. Un fraude contra la víctima. Por supuesto, es legítimo pedir a un terapeuta, o que éste ofrezca a sus clientes, herramientas sencillas para facilitar el olvido, el optimismo, la evitación de conflictos, el perdón, hacer la vista gorda, cargar a la víctima con toda la responsabilidad, atribuir sus males a cualquier cosa excepto la familia, etc. En los casos leves puede incluso ser útil. Pero entonces, en mi opinión, no deberíamos llamar a todo esto "psicoterapia", sino más bien reeducación, neomoralización, filosofía. Y tampoco debería sorprendernos, entonces, que una y otra vez el mal se reencarne en las generaciones.

Sueño, en fin, con un día en que el número de pacientes y terapeutas dispuestos a viajar al "núcleo" duro de la neurosis, es decir, a cada infancia neurotizante, supere en  mucho a los que simplemente desean huir y olvidar. Pero no me engaño: ese día nunca llegará. No, al menos, en un mundo que antepone las apariencias del grupo familiar a la felicidad de los individuos.

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