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01 Mayo 2014

El apocalipsis del amor (y 2)

Por JOSÉ LUIS CANO GIL
En "El apocalipsis del amor (1)" reflexionamos brevemente sobre la soledad y desamor que, al parecer, se extiende en Japón. Hoy, a raíz de otros dos magníficos documentales  compartidos hace poco en mi Facebook (1), echaremos un vistazo al resto del mundo occidental.

Ante todo, debemos definir previamente qué son las adicciones. Y decir que la adicción es el mejor indicador de las carencias emocionales de la gente. En efecto, cuando al sujeto le falta algo (sepa o no qué es), automática e inconscientemmente busca un sucedáneo para llenar ese vacío. Para "desconectar" de su dolorosa situación interna (y/o externa). No hay más. Es perfectamente humano. Lo adictivo se identifica, entonces, por lo reiterado, compulsivo e incoercible de dicha  sustitución. Los objetos-muleta pueden ser innumerables: comida, fármacos, drogas ilegales, alcohol, tabaco, consumismo, ganar dinero, deportes, sexo, trabajo, televisión, audiovisuales, apuestas, viajes, moda, voluntariado, prestigio social... Cualquier cosa puede servir.  Y una de las más utilizadoa hoy por la mayoría de adultos jóvenes y adolescentes es, como sabemos, internet y las redes "sociales". Es decir, las supertecnologías de lo "virtual".

Este hecho me parece extremadamente significativo. Más aún: un indicio alarmante. ¿Por qué millones de personas se sienten atraídas, en todos los grados de lo adictivo, por los mundos intangibles, de forma que muchas de ellas viven casi permanentemente conectadas a internet, Facebook, Twitter, Wassap, chats, contactos on line, etc.? Una razón psicológica fundamental nos la da la propia Sherry Turkle, estudiosa del tema, en la conferencia citada al pie.

"Nos estamos acostumbrando a una nueva forma de estar juntos en solitario. (...) Lo llamo el efecto de Ricitos de Oro: ni muy cerca, ni muy lejos, sólo lo justo".

O sea, expresado a la inversa, nos estamos acostumbrando a estar solos pareciendo que estamos juntos. Es decir, fingiendo que nos relacionamos cuando sólo estamos guardando las distancias unos de otros. Protegiéndonos de las relaciones naturales e imprevisibles. Cultivando un modo distante y omnipotente de conectar y desconectar aquí y allá a nuestro antojo. Gratificándonos no con la gente, sino con nuestras proyecciones y fantasías (en rigor, delirios) sobre ella. Etcétera. Lo virtual funciona, así, como un videojuego, un peluche o una muñeca sexual: sirve únicamente para sustituir la realidad evitada por la felicidad ilusoria (2). ¡Y no nos damos cuenta de ello!

Dice la autora: "ni muy cerca, ni muy lejos, sólo lo justo". Exactamente. Ello expresa, una vez más, esa típica ambivalencia emocional que vemos continuamente en las relaciones humanas. "Sí, pero no". "Ni sí, ni no". "Te quiero, pero no te quiero". "No sé lo que quiero"... Etcétera. No hay que decir que, casi sin excepción, todas estas ambivalencias provienen de los modos más o menos inseguros y/o contradictorios en que fuimos amados en nuestra infancia. Y la colosal industria tecnológica, a sabiendas o no, lo explota a fondo. Nos dice: "No nos importa si tu familia te duele o tu vida es infeliz. Nosotros sólo te vendemos estos juguetitos virtuales para que te entretengas con ellos, nos enriquezcas  y, además, te controlemos mejor. Tu enajenación es nuestro mayor negocio".

Así, lo mismo que en Japón mucha gente se refugia en la ubicua pornografía o en sus herméticas habitaciones durante años (conectada a internet, por supuesto), en el resto de occidente sucede psicodinámicamente lo mismo. Muchísimas personas se aferran a sus mundos imaginarios (redes sociales, foros, blogs, chats, videojuegos on line...) para evitar la realidad. Para huir de sí mismas. En otras palabras: se conectan a los sueños para desconectar de la vida. Y, de este modo, muchos jóvenes están perdiendo/renunciando a su capacidad de vivir, relacionarse, vincularse, amar. Y las secuelas de ello ya pueden verse -y se retroalimentan- en muchos ámbitos: familia, educación, psicoterapia, amistades, relaciones de pareja...

Lo peor de este drama no es que esté sucediendo, sino que se niegue. Esto lo convierte potencialmente en tragedia. Porque si nuestras tecnologías facilitan hasta lo insospechado el autismo emocional de la gente, ¿en qué mundo desolado vivimos? ¿Qué futuro nos espera? ¿Podemos frenar esta galopante "psicotización" social? (3) Y, por encima de todo, ¿podremos revertirla?

__
1. "Conectados pero solos", indispensable conferencia de Sherry Turkle. Y "Adictos en América", sobre el ingente consumo/negocio de fármacos en EEUU.

2. La tecnología de lo virtual, pese a sus ventajas en ciertos aspectos (p.ej, comunicaciones, ciencias, negocios...) no puede mejorar ni sustituir las vinculaciones psicoafectivas de las personas. Más bien, al revés, precisamente cuando éstas fallan se invocan los espejismos. De este modo, las redes "sociales", etc., son quizá uno de los más peligrosos inventos humanos, ya que: 1) se basan en el narcisisimo omnipotente y desvinculador de las personas; 2) cultivan relaciones simuladas, superficiales y fragmentarias; 3) encubren y perpetúan la soledad y la neurosis de la gente; 4) impiden el lenguaje/pensamiento complejo y la introspección; 5) estimulan la dispersión y, en última instancia, la desidia; 6) generan ignorancia por sobreabundancia de datos caóticos; 7) facilitan la transmisión de engaños alienadores; 8) limitan el tiempo y la energía disponibles para la integración en el mundo real; 9) la magnitud de todo ello no es moderada, sino masiva y en continuo crecimiento; 10) su ámbito no es sólo la población adulta, sino ante todo infantil y juvenil, con imprevisibles secuelas cognitivas, psicoafectivas, sociales y políticas a medio-largo plazo; etcétera.

3. Las tiendas de telefonía siempre están llenas y se inventan sin cesar más y más artilugios. Los espejuelos si diseminan por todas partes, invaden los dormitarios, comparten las almohadas, se miniaturizan, se incorporan a gafas y pulseras... "¡Hay que seguir 'conectados'!" Personalmente, sólo tengo un viejo ordenador de mesa y un móvil obsoleto. ¿Para qué más? La clave del asunto es aprender a distinguir lo real (la Vida) de lo fantaseado (la Red), y respetarse a uno mismo. Nadie con suficiente amor y dignidad se somete a las máquinas.

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