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Pero... ¿qué es la felicidad?

El otro día, en una sesión, una mujer me hizo una pregunta muy pertinente: "¿Tú eres feliz?". Yo dudé con perplejidad y respondí: "Hmm... a ratos sí, a ratos no". Y añadí. "En realidad, me siento muy solo". Ella se sorprendió, así que le detallé un poco los motivos de mi soledad (básicamente de los  "tipos 3 y 4"). Pero su sorpresa me hizo reflexionar más tarde sobre qué entendemos por "felicidad", y cómo idealizamos por ello a las personas que, supuestamente más "maduras" o "sabias" que nosotros, imaginamos más felices.

Para mí, la felicidad es el arte de navegar en cualquier condición. La mayoría de gente piensa que la felicidad consiste en "ser feliz", es decir, en lograr que finalice como sea su tormenta interior (o exterior), tras lo cual sobrevendría una calma agradable y definitiva... Pero no. Personalmente, jamás he visto esa paz "definitiva" en nadie (salvo en los muertos). Osho lo explicó muy bien: no se trata de aferrarnos a un determinado estado "fijo", sino de balancearnos entre los extremos como buenos funambulistas en la cuerda floja. O como dejarnos fluir río abajo por aguas y paisajes siempre cambiantes. O como navegar por un mar inmenso y tornadizo.

La esencia de esta clase de felicidad  es, entonces, aprender a aceptar, a soportar, a manejar nuestros dolores sin que éstos paralicen nuestro rumbo, ni nos impidan disfrutar de los buenos momentos que también nos ofrece la vida.

Lo opuesto de la felicidad es la neurosis. Y la neurosis es un mar particularmente incómodo e irremediable. Forma parte imborrable de nuestro ser, de nuestra personalidad, incluso de nuestra condición humana. Nadie debería concebir, pues, la felicidad o la curación de la neurosis como un intento de "dejar de ser neuróticos". (A menudo, las terapias que prometen esto sólo ofrecen nuevas y más sofisticadas represiones a la gente). La felicidad, la "curación", son, por el contrario, la adquisición de un arte. Un estilo de vida que resulta de cruciales transformaciones íntimas. Por ejemplo: 

  1. Más conciencia y aceptación de los traumas infantiles. Al afrontarlos con coraje, dejamos ciertamente de huir de ellos y, por tanto, de malgastar enormes cantidades de energía produciendo síntomas que, a su vez, nos causan más sufrimientos añadidos.
     
  2. Mejores elecciones. Mejorado el primer aspecto, podemos conectar más fácilmente con nuestros verdaderos sentimientos, necesidades y deseos. Podemos expresarlos adecuadamente y decidir lo más conveniente para satisfacerlos. Etcétera. Así dejamos de repetir muchos viejos errores, ahorrándonos con ello otra buena cantidad de sufrimientos.
     
  3. Flexibilidad del rumbo. Tras los cambios anteriores, nuestro corazón sufre incomparablemente menos. Y,  más relajado, puede entonces elegir mucho más sabiamente nuevos caminos, nuevos objetivos, nuevos compañeros de viaje... 

Cuando comprendemos y aceptamos la naturaleza del mar imprevisible, cuando nos sentimos capaces de navegar por él, dejamos de sentirnos agarrotados por el pánico. Nuestras heridas siguen ahí, pero ya no nos afectan como antes. En parte, porque somos indudablemente más fuertes. Y, sobre todo, porque estamos tan ocupados viviendo (que no escapando), que nos quedan ya poco tiempo y ganas de seguir lamentándonos. ¡Por eso nuestros viejos traumas ya no nos determinan como antaño!

Puede que esta clase de felicidad parezca "poca cosa" a los ingenuos, los idealistas y los vendedores de humo. Pero a mí me parece grandiosa y, además, la única al alcance de los diminutos seres humanos.

 
JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright
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