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16 Enero 2013

La mandona y el calzonazos

Por JOSÉ LUIS CANO GIL
Todos conocemos esas frecuentísimas relaciones donde la mujer "manda" y el hombre "obedece". Es la típica simbiosis  de la mujer que, desde su neurosis personal, domina en todos los sentidos -a veces hasta grados patológicos- al hombre, quien se somete a ella dócil y también muy neuróticamente. No importa la imagen, a menudo opuesta, que ambos puedan dar al exterior. En lo privado, el hombre es sutil o explícitamente tiranizado por la mujer. Incluso en presencia de los hijos u otras personas.

En general, los hombres demasiado débiles o que han sufrido madres dominantes están más predispuestos a resignarse a esta clase de relaciones. De hecho, pueden sentirse atraídos y/o atraer precisamente a mujeres muy narcisistas interesadas en la explotación de "esclavos" (p. ej., proveedores de adoración,  dinero, cuidados, sexo, hijos...). Estas mujeres desprecian abierta o inconscientemente al varón y tienden a tratarlo como a un "niño" incapaz, como pretexto para justificar su dominio. ¡Y él se comporta, en efecto, como si lo fuera! No se atreve, p.ej., a disentir, a expresarse, a tomar ciertas iniciativas o decisiones, etc. Su autoestima y su miedo a generar conflictos -sobre todo cuando la mujer sufre trastornos de personalidad- son tan grandes que su mente y su voluntad están prácticamente anulados por la pareja.  

Este problema, que es la base psicodinámica del maltrato femenino contra el varón (1), está socialmente tan extendido que suele ignorarse, desdeñarse o incluso tratarse a broma. "Mi mujer tiene mucho carácter", "mi mujer es la que lleva en casa los pantalones", etc., son algunas de las tonterías con que suele frivolizarse sobre el tema. Los hombres, desde sus propias castraciones psicológicas, tienden a ocultar su desamparo y la humillación de este tipo de relaciones, que prefieren considerar "normales". Pero no lo son. Por eso, muchos de ellos van desvinculándose inconscientemente de sus parejas. Algunos buscan el consuelo en el trabajo, las adicciones o la infidelidad. Otros derivan su agresividad contra los hijos u otras personas. Etc. Y muy pocos se atreven a afrontar las enormes cargas emocionales y económicas necesarias para emanciparse de su infierno. Si, fatalmente, alguno de ellos pierde el control y comete el error de agredir -incluso insignificantemente- a su pareja, entonces su destino, en las actuales circunstancias políticas, puede empeorar drásticamente.

Hay, por cierto, un claro paralelismo entre el narcisismo individual femenino y el varón castrado sobre el que parasita, respecto al actual feminismo totalitario y al género masculino al que a menudo atropella. Obviamente, las mujeres feministas particulares sólo son la "infantería" de un plan global que a la mayoría de ellas, como a casi toda la gente, se nos escapa. Pero el espectáculo de millones de varones psíquicamente mutilados -generalmente por sus propias madres, recordémoslo- sometiéndose a tanto abuso femenino en lo privado y/o lo social sin apenas rechistar y arrodillándose ante ellas por unas migajas de romanticismo, amor o sexo, es extremadamente lastimoso. ¿Cuándo despertarán muchos hombres respecto a lo que realmente son ciertas mujeres y la clase de relaciones que consciente o inconscientemente establecen con éstas? 

Cualquier relación de pareja sólo podemos considerarla verdaderamente amorosa, sana y ética cuando es sinceramente "democrática". Es decir, cuando nace del respeto mutuo. Cuando quiere -y puede- compartir empatía, amistad, cariño y cuidados mutuos, a fin de proporcionar más autoestima, bienestar y autonomía a ambas partes. Cuando es capaz, en fin, de potenciar el crecimiento mutuo. Cualquier otra psicodinámica será siempre fraudulenta. Otra relación más basada en la violencia.

__

1. Véase "La mujer maltratadora". Obviamente, la situación contraria -el hombre tiránico- también existe.  Véase "El perverso narcisista".

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