La atención

Llamamos atención al arte de enfocar nuestra percepción y experimentar íntegramente todo aquello que hacemos. Todo aquello que vemos, oímos, tocamos, olemos, saboreamos, sentimos, pensamos. Todo aquello, en fin, que somos y nos rodea.

Cuando, p. ej., recomiendo a alguien una película, mi sugerencia no es "mírala de cualquier manera mientras comes, suena el teléfono, atiendes la lavadora y juegas con los niños". No. Eso no sería ver una película, pues carecerías de suficiente atención, de contacto, de plena intimidad con la obra. Mi verdadero consejo es: "Si puedes, quédate completamente solo (o con alguien que también desee ver la película) frente a la pantalla, desconecta todo aquello que pueda interrumpirte, apaga la luz y sumérgete enteramente en la historia". Sólo así la película, como una flecha, alcanzará tu corazón y tu mente. Sólo así, cuando prestamos la máxima atención, cuando intimamos plenamente con las cosas, podemos conocer realmente su sabor. El sabor de la música, los libros, los paisajes, la conversación, el juego con los niños, la amistad, el sexo, el trabajo...

E incluso la psicoterapia. ¿Quién desearía una sesión interrumpida continuamente por llamadas telefónicas, golpes en la puerta, risas en el pasillo, obras en el piso de arriba, etc.?

Por desgracia, una peste fundamental de nuestro tiempo es precisamente todo lo contrario: la destrucción sistemática de la atención. La anulación de nuestra capacidad de enfoque sobre la realidad. Se fomenta la dispersión, la superestimulación, la reacción compulsiva y superficial frente a todo tipo de excitaciones simultáneas... Esta mutilación comienza en la infancia, abrumando a los niños con toda clase de estridencias movedizas y audiovisuales...  ¿Los estamos entrenando para el futuro hipercinético y alienador que les aguarda? Naturalmente.

El problema de la mente dispersa es que, en rigor, es una mente vacía. Cuanto más dispersa, más vacía. Sólo la capacidad de atención nos permite fijar las experiencias a nuestro entendimiento, nuestra memoria, nuestra personalidad. Sólo la atención nos permite ser. Por tanto, si yo fuese un déspota necesitado de zombies obedientes, lo primero que haría sería destruir la atención de mis súbditos.

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright