El terapeuta cazatalentos

...o las joyas del inconsciente
Durante muchos años me encantó recorrer montañas, cuevas, canteras, minas abandonadas, farallones de carreteras, vías de tren e incluso materiales de construcción junto a las grandes obras, en busca de minerales. Más exactamente, cristales minerales. También recorrí museos, tiendas, ferias e intercambié con amigos, siendo todo ello para mí la más excitante indagación y coleccionismo de los mágicos tesoros de la tierra. Sabía muchas cosas sobre la génesis, clasificación, composición, propiedades y usos prácticos de cada especie y cada variedad mineral. Me fascinaba sin descanso -y sigue haciéndolo- el brillo o transparencia de aquellas estrellas del subsuelo: aragonito, calcita, cuarzo, yeso, baritina, pirita... Eran gemas, microgalaxias, chispas divinas de planeta.

Con los años, cambié la exploración de los secretos de la tierra por los secretos del corazón... y ¡sigo hallando cristales! Tesoros de ternura, de creatividad, de sensibilidad, de lucidez, de fuerza interior, de inteligencia, de erudición, de talento. A menudo descubro en las tórridas o heladas cavernas de dolor de mis pacientes las más hermosas geodas de vida y de arte. Hallo, p. ej., maravillosos estratos de potencial musical, literario, pictórico, intelectual, deportivo, de liderazgo, de eficacia profesional, de brillo social, de amor... ¡Y ellos no tienen la menor noticia de eso! Así, como espeleólogos de lo oculto, ambos vamos descubriendo, entre vetas de dolor, ira y otras emociones diversas, inesperados filones de belleza que un día fueron sepultados ahí por el desamor infantil... O quizá maduraron silenciosamente -como gemas- pese y/o gracias al sufrimiento largamente acumulado. En este sentido, creo con orgullo que una de las facetas de mi oficio es la de... cazador de talentos.

Sí: localizar lo bello y poderoso de la gente. Descubrir sus tesoros olvidados. Rescatar de sus almas maltratadas lo que otros quisieron impedir o destruir. Todo, en fin, lo que quedó congelado -sólo congelado- en la eternidad de su inconsciente.


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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright