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15 Junio 2011

Perdón y psicoterapia

Por JOSÉ LUIS CANO GIL
La obsesión terapéutica contemporánea por el "perdón" no es, a mi juicio, sino otro caballo de troya de la moral y la política. Su mensaje subliminal es: "que las víctimas de las violencias familiares callen y  repriman su odio, para que sus verdugos sigan impunes". También es una defensa neurótica contra el propio odio y sentimiento de culpa: "si yo, y/o mi terapeuta, no soportamos mi odio a mamá o papá, entonces intentaremos encubrirlo con mi 'amoroso' afán de 'perdonarlos' "... Etcétera. Creo, por tanto, que la cuestión del perdón no concierne a la psicoterapia, y que mezclar o confundir ambas cosas es un error que sólo añadirá más mentiras y neurosis a la gente.

Para empezar, el fin de la psicoterapia no es -o no debería ser- "modelar" al sujeto al gusto moral o social. Tampoco es echar tierra sobre sus legítimos sentimientos de ira, odio y otras actitudes supuestamente "negativas". La finalidad de la psicoterapia es, por el contrario, ayudar a las personas a aceptar todos sus sentimientos y contradicciones sin remordimiento alguno, liberándolas así de muchos conflictos internos. Si, como resultado de tal liberación, el sujeto acaba perdonando a su familia, está bien. Si no lo hace, también está bien. Las dos opciones son igualmente sanas.

Porque no es cierto, contra el extendido mito social, que perdonar sea "sanador". Es verdad, por supuesto, que una maduración de la personalidad, al reducir el dolor de nuestras heridas, tiende a volvernos más indulgentes hacia nuestras ofensores y nos facilita, por tanto, el minimizar sus afrentas, "perdonarlos". Pero es totalmente falso que, a la inversa, perdonar nos hará madurar, nos dará salud o aliviará nuestras heridas. ¡El perdón es el fruto y no el requisito de nuestro bienestar! Y, por otro lado, existen crímenes parentales de tal magnitud -abandono, violencia continuada, abusos sexuales- cuyo "perdón" puede resultar imposible.

¿Qué sucede, entonces, con las terapias que buscan expresamente el perdón? Ocurre que muchos pacientes, tras la presión/sugestión de la terapia, llegan a creer que efectivamente han perdonado a sus familias, cuando lo único que realmente  han logrado es simularlo, es decir, reprimir más hondamente sus emociones y, en consecuencia, dificultar aún más el acceso a la psicodinámica de sus síntomas, que siguen activos. "¿Por qué sigo sintiéndome mal, si ya perdoné?", suelen preguntarse estos pacientes. Este error de algunas terapias puede estancar durante años a muchas personas.  

En suma, creo que perdonar o no perdonar no es un asunto que deba concernir a la psicoterapia. Amar no es obligatorio. Perdonar tampoco lo es. La psicoterapia no debería mezclarse con la moral, el Cuarto Mandamiento o ciertas filosofías extrañas. Nadie está legitimado para recomendar el perdón a nadie, sobre todo cuando él mismo no ha sufrido los mismos abusos. O cuando no puede asumir sin miedo ni culpa su propia hostilidad hacia su propia familia. O cuando -como suele suceder- los ofensores no han admitido jamás sus errores, ni se han disculpado sinceramente por ellos, ni han dejado de cometerlos.

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3 comentarios
ComentarÚltimo Comentario
 Marcelina  05/Abril/2016 19:48
Me encanta leer sus artículos, son muy buenos!!! Gracias por darnos esta oportunidad!!!   Resp.
 JLC  06/Abril/2016 09:52
Muchas gracias, Marcelina. :) ¡Un saludo!

(Y un saludo también desde aquí a ti, Estela).   Resp.
 Sandra Vega Vera  21/Junio/2017 09:04
Excelso análisis, tanto así como acertado.
Gracias.   Resp.
 

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