Odio al hij@

Uno de los tótemes fundamentales de nuestra civilización es, como sabemos, el Cuarto Mandamiento, que afirma que todos los hijos deben amor, gratitud y perdón a sus padres. Un tótem inverso asegura que todos los padres "aman" a sus hijos. Fijémonos en que este segundo mito no dice que los padres deban amarlos, sino que "siempre" los aman, por definición, mágicamente, por el hecho mismo de ser padres. Extraña asimetría. El amor parental se da por supuesto; los padres, a diferencia de los hijos, no deben demostrar ni esforzarse por nada... Dejando a un lado este llamativo doble rasero, ¿será verdad que todas las madres y padres aman a sus hijos?

Hemos de admitir que una persona que voluntaria o accidentalmente trae al mundo un hijo es una persona... con una carga añadida. Para muchas es una carga incluso abrumadora, pues no disponen de los recursos emocionales, circunstanciales, económicos, etc., necesarios para asumir con éxito las responsabilidades de la crianza.  Otras sufren además el peso previo de terribles neurosis o trastornos de personalidad, etc. De modo que, en la práctica, la mayoría de progenitores sólo pueden tratar a sus hijos como se lo permitan todos estos condicionantes. El mayor de los cuales es, como sabemos, la manera en que ellos mismos fueron criados.

El amor de los padres, ya sean biológicos o adoptivos, no es, pues, nada fácil ni "automático". No es genético, ni cae del cielo, ni está en absoluto "garantizado". Muy al revés, está sujeto a mil determinantes y peligros, principalmente la neurosis parental (con sus egoísmos, manipulaciones, maltratos, etc.), cuyos estragos pueden sobrepasar en mucho a los beneficios de los sentimientos amorosos que también puedan albergar -o no- los progenitores. Algunos de los cuales pueden ciertamente odiar a algún hijo/a.

¿Cómo es esto posible? ¿Por qué una madre o padre sentiría -explícita o secretamente- un continuo rechazo, un desprecio, una honda aversión hacia su hijo? Muy sencillo: por las mismas razones que podemos odiar a cualquiera. Por ejemplo, por celos, envidias, decepción, rencores. Por agotamiento, hostilidad, proyecciones de mil actitudes tóxicas sufridas en la propia infancia. Por miedo, narcisismo, carencia de afectos y empatía... Y es que ningún dogma bíblico ni social puede impedir que un progenitor/a herido dañe a su vez -generalmente sin darse cuenta de ello- a sus hijos.

Se necesita un valor, un coraje inmenso para reconocer todo esto. Individual y colectivamente. Mucho más incluso (que ya es decir) que para afrontar el odio a los propios padres. ¿Qué madre o padre se atreverá, en efecto, a afirmar: "yo odio a mi hij@"? ¿Quién tendrá además la valentía excepcional de indagar y remediar sus motivos? Desde aquí mi más rendida admiración hacia los muy pocos/as que he conocido.

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright