03 Enero 2022

No cultivéis monstruos

La conducta narcisista, entendida aquí como dominación y abuso sobre los demás, no sólo es un problema psicológico del narciso/a, sino también del entorno que lo tolera por miedo, interés o neurosis. La persona narcisa no sólo "es": también es hecha. Es potenciada por los demás.

El niño, adulto o anciano narcisista reitera su conducta, en efecto, no sólo desde su psicodinámica interna, sino también sobre la base de la infinidad de veces que nadie lo ha cuestionado suficientemente, le ha puesto límites, ha frustrado su voluntad. Esto ha premiado tácitamente, ha reforzado su neurosis abusiva, ya que, como tantos otros aspectos de la personalidad, el narcisismo también tiene mucho de aprendizaje y hábito. ¿Por qué el narciso/a habría de refrenarse, si casi nunca ha necesitado hacerlo?

La mayoría de víctimas del sujeto narcisista (ya sea éste una madre, padre, hijo/a, hermano/a, cónyuge, suegro/a, jefe/a, etc.), aceptan someterse al dominador/a para evitar sus berrinches, iras, "depresiones", represalias u otros conflictos. Por causas diversas (inmadurez, miedo, culpa, necesidad, neurosis), los dominados eluden los enfrentamientos graves y callan, consienten, complacen, obedecen, sin atreverse a mucho más que lamentarse y acusarlo en privado. Pero todo esto sólo favorece y cronifica el poder del narciso/a. El cual, en rigor, es así alimentado inconscientemente por sus propias víctimas. Es cebado por ellas. Y, de este modo, los propios sometidos cultivan a sus monstruos.

Ésta es la suprema paradoja del narcisismo. Pese a todo el victimismo y victimologías actuales contra las personalidades narcisistas/psicopáticas (que esencialmente son lo mismo aunque en diferentes grados), el narcisismo es, como casi todo en la vida, un fenómeno dual. Una interacción de psicodinámicas complementarias. No hay perfiles narcisistas sino a costa de perfiles sumisos, y viceversa. Ambos se generan, atraen y refuerzan mutuamente. Son las dos caras de una misma moneda. Y sólo la maduración psíquica de alguna/s de las partes podrá disolver tan malignas simbiosis.

Hay que confrontar, pues, los egocentrismos (propios y ajenos) para reducir su poder; y para evidenciar lo doloroso, injusto e insostenible de muchas situaciones que, si no pueden remediarse, al menos sí podrían concluirse. Aunque para esto hace falta coraje. Y para gozar de él es necesaria mucha madurez psicoafectiva y apoyo externo, es decir, la capacidad de superar las psicodinámicas neuróticas que nos mantienen atados -e incluso aferrados- al maltrato ajeno.

Sin olvidar, por otro lado, que sin esta responsabilidad individual frente a los males domésticos, jamás sabremos defendernos de las patologías y abusos sociales.

  
Autor: © JOSÉ LUIS CANO GIL

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